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Marc Abélês La antropología política: nuevos objetivos, nuevos objetos ⃰ Los antropólogos empezaron a interesarse por la política como con-secuencia de las repercusiones de las teorías evolucionistas. Sus in-vestigaciones se dirigían principalmente a
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  Marc Abélês La antropología política: nuevos objetivos, nuevos objetos     ⃰   Los antropólogos empezaron a interesarse por la política como con-secuencia de las repercusiones de las teorías evolucionistas. Sus in-vestigaciones se dirigían principalmente a las sociedades remotas con sistemas políticos diferentes de los que prevalecen en las sociedades modernas. Estos trabajos, realizados en todos los confines del mundo, dieron lugar a monografías, síntesis comparativas, y reflexiones ge-nerales sobre las formas arcaicas del poder. Hoy la antropología debe estudiar las interdependencias cada vez más estrechas entre estas so-ciedades y las nuestras, y las transformaciones que afectan a los pro-cesos políticos tradicionales (Vincent, 1990). También debe propo-nerse, igual que las demás disciplinas antropológicas, explorar los arcanos del mundo moderno y el funcionamiento de los sistemas de  poder en el marco del Estado moderno y de las crisis que lo debilitan. Esta renovación no se limita a una ampliación del campo empírico, sino que, dados los interrogantes inéditos que se suscitan, requiere un nuevo planteamiento de conceptos y métodos. La antropología, partiendo de una visión comparativa que la llevaba construir taxonomías de "los sistemas políticos", se ha ido orientando hacia formas de análisis que estudian las prácticas y las gramáticas del poder poniendo de manifiesto sus expresiones y sus puestas en escena. Este enfoque siempre ha hecho hincapié en la estrecha imbri-cación entre el poder, el ritual y los símbolos. Los antropólogos, lejos de pensar que hay un corte neto y casi preestablecido entre lo que es  político y lo que no lo es, pretenden entender mejor cómo se entrete- jen las relaciones de poder, sus ramificaciones y las prácticas a las    ⃰  Fuente: http://www.unesco.org/issj/rics153/abelespa.html   - 2  - que dan lugar. La investigación trae a la luz los "lugares de lo políti-co" que no corresponden necesariamente a nuestra percepción empí-rica, que tiende por su parte a limitarse a las instancias formales de  poder y a las instituciones. A menudo se ha señalado el contraste entre cómo lo político impreg-na todos los aspectos en las sociedades tradicionales, lo que se mani-fiesta en la organización estatista materializada en sus múltiples insti-tuciones, y la autonomía de que disfruta en el mundo moderno. Sin duda ésta es la razón por la cual el enfoque antropológico se ha limi-tado durante mucho tiempo al universo de las sociedades exóticas, en las que la falta de referencias favorecía el entusiasmo de los investi-gadores por identificar estos lugares de lo político realizando así un trabajo profundo y de larga duración. La prioridad que se daba a lo de fuera, a lo remoto, a lo exótico, tuvo el inconveniente de erigir una frontera entre dos universos que aparecían como dotados de propie-dades ontológicas diferentes. Al oponer así dos métodos; uno apro- piado para entender las sociedades en las que es difícil separar lo  político de los demás aspectos de la realidad, el otro aplicable a la contemporaneidad en la cual la institución política está claramente circunscrita, se estaban poniendo límites implícitamente al quehacer de los antropólogos, y reservando a los sociólogos y politólogos el monopolio de las investigaciones sobre la modernidad. Sin duda este reparto de los campos de estudio ha tenido efectos positivos, puesto que ha permitido a las diferentes disciplinas profundizar en el cono-cimiento de sus respectivos ámbitos.  Poder y representación  Al mismo tiempo, este tipo de frontera no podía resistir mucho tiem- po a un doble movimiento: por un lado, la curiosidad de los antropó-logos por sus propias sociedades les llevaba a ampliar sus campos de investigación; por otro, los politólogos se sentían cada vez más fasci-nados por algunas facetas de lo político hasta entonces fuera de sus campos de investigación, como los ritos y los símbolos (Sfez, 1978). Si nos remitimos a las abundantes investigaciones antropológicas que se produjeron a partir de los años setenta, vemos perfilarse todo un nuevo horizonte de temas relacionados con el interés que suscitan las  - 3  - sociedades occidentales desarrolladas. Basta con observar la multi- plicación de los trabajos europeístas para darse cuenta del cambio. Con el paso del tiempo se aprecia mejor hasta qué punto han evolu-cionado los temas en este aspecto. Al principio los antropólogos die-ron prioridad a la diferencia, interesándose más por las periferias que  por el centro, prefiriendo estudiar las sociedades rurales tradicionales o las minorías urbanas que conservaban sus particularismos, como si implícitamente necesitaran mantener todavía cierta distancia respecto a su objeto. Desde luego, el Estado moderno parece tener poco que ver con las estructuras arcaicas, las instituciones balbucientes que atrajeron el interés de los primeros antropólogos. La complejidad de las adminis-traciones, la existencia de un denso tejido burocrático, la abundancia de jerarquías, es decir, la instancia estatista tal y como la encontra-mos en nuestras sociedades tiene muy poca relación con los funcio-namientos mucho más difusos que caracterizan lo político en los uni-versos exóticos. Hay una verdadera disparidad de escala entre el fe-nómeno estatista contemporáneo y los dispositivos que describieron los antropólogos, sobre todo en categorías como las de sociedad seg-mentaria o de distrito que designan realidades muy heteróclitas. Y sin embargo, si se ven las cosas siguiendo el punto de vista de ese enfo-que, se entienden de manera totalmente diferente. En efecto, si enten-demos por antropología el estudio de los procesos y dispositivos de  poder que irrigan nuestras instituciones, y de las representaciones que muestran el lugar y las formas de lo político en nuestras sociedades, entonces nos daremos bien cuenta de lo que estos estudios pueden enseñarnos sobre nuestro propio universo y reconoceremos sus obje-tos favoritos. Igual que los antropólogos que abordaron el tema del poder en las sociedades africanas, podemos considerar la política como un fenó-meno dinámico, como un proceso que escapa en parte a los empeños taxonómicos centrados en la noción de sistema. La definición de lo  político que proponen Swartz, Turner y Tuden, según los cuales se trata de "procesos srcinados por la elección y realización de objeti-vos públicos y el uso diferencial del poder por parte de los miembros del grupo afectados por esos objetivos" (1966: 7) pone bien de mani-fiesto la combinación de tres elementos en una misma dinámica: el  - 4  -  poder, la determinación y realización de objetivos colectivos, y la existencia de una esfera de acción política. Como todas las definicio-nes, también ésta tiene su punto débil, pero tiene la ventaja de preci-sar lo que entra en juego en toda empresa política. No obstante, se aprecia un olvido de gran importancia en el discurso de estos antro- pólogos. El aspecto territorial no aparece, mientras que autores tan distintos como Max Weber y Evans Pritchard han hecho hincapié en este aspecto constitutivo de lo político. Recordemos la célebre defini-ción weberiana del Estado como "monopolio de la violencia legítima en un territorio determinado" o la caracterización en The Nuer de Evans-Pritchard, de las relaciones políticas como "relaciones que existen dentro de los límites de un sistema territorial entre grupos de  personas que viven en extensiones bien definidas y son conscientes de su identidad y de su exclusividad." (1940: 19). Un enfoque antropológico consecuente y deseoso de no cosificar el  proceso político tiene que combinar, a nuestro entender, tres tipos de intereses: en primer lugar, el interés por el poder, el modo de acceder a él y de ejercerlo; el interés por el territorio, las identidades que se afirman en él, los espacios que se delimitan; y el interés por las repre-sentaciones, las prácticas que conforman la esfera de lo público. Salta a la vista hasta qué punto se encuentran entretejidos estos diferentes intereses. Difícilmente se podría imaginar una investigación sobre los  poderes que hiciera abstracción del territorio en el que se ejercen: como también cuesta trabajo pensar aisladamente en la esfera públi-ca, el espacio y la acción de lo político. No obstante, desde un punto de vista analítico puede ser necesario ver por separado y sucesiva-mente estos tres aspectos en el terreno que nos ocupa, es decir, las sociedades contemporáneas y sus Estados. Para reflexionar sobre lo político en nuestras sociedades estatistas, hay que abandonar ese empeño ilusorio que consiste en considerar el sistema político como un imperio dentro de un imperio para a conti-nuación tratar de hacer coincidir las partes, en este caso, la institución y la sociedad. Foucault que se ha visto confrontado en sus obras so- bre la locura, el sexo, la cárcel, a la omnipresencia de normas y apa-ratos, propuso una forma de análisis que trata de superar esta dificul-tad esencial. "El análisis del poder no tiene que partir como datos iniciales, de la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad  - 5  - global de una dominación; éstas no son más que las formas termina-les del poder." (1976: 120). Sin llegar a los datos más inmediatos que representan la ley y la institución, es importante considerar la rela-ción del poder y las estrategias que se tejen dentro de los aparatos;  pero los instrumentos tradicionales de las teorías políticas parecen inadecuados: "teníamos que recurrir a formas de pensar en el poder que se basaban en modelos jurídicos (¿qué es lo que legitima el po-der?), o bien en modelos institucionales (¿qué es el Estado?)." (Dreyfus, Rabinow 1984: 298). Foucault señala que, más que cosificar al poder considerándolo como una sustancia misteriosa cuya verdadera naturaleza habría que estar siempre tratando de descifrar, conviene plantear la cuestión de "có-mo" se ejerce el poder. Pensar en el poder en acto, como "modo de acción sobre las acciones" (  Ibíd  : 316), requiere que el antropólogo investigue sus raíces en el corazón de la sociedad y las configuracio-nes que produce. El análisis del poder "allí donde se ejerce", tiene la ventaja de dar una perspectiva del Estado partiendo de la realidad de las prácticas políticas. Lo único que puede facilitarnos un mejor en-tendimiento de lo político, no ya como una esfera separada sino como la cristalización de actividades modeladas por una cultura que codifi-ca a su manera los comportamientos humanos, es tratar de tomar en consideración el ejercicio del poder y su arraigo en un complejo en el que se mezclan inextricablemente sociedad y cultura. Los fenómenos políticos en el seno de nuestras sociedades se deben analizar dentro de esta perspectiva, recogiendo la temática de la im- bricación que ha orientado a la antropología en sus comienzos y en su desarrollo posterior. Para estudiar el poder en la inmanencia de lo social, para entender desde dentro cómo unos hombres gobiernan a otros, es necesario saber las qué condiciones emergió este poder, esta aptitud para gobernar que en el contexto democrático se expresa bien con la palabra "representatividad". En dos puntos discrepamos de Foucault: por un lado, éste rechaza explícitamente la cuestión de la representación porque ésta conlleva una metafísica del fundamento y de la naturaleza del poder con estas dos preguntas punzantes: "¿Qué es el poder? ¿De dónde viene el poder?" (1984: 309); por otro, rechaza todo cues-
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