Un Arbenz para rememorar

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Un Arbenz para rememorar
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  Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO-Sede Académica Guatemala , reconocida por el Decreto 96-87 del Congreso de la República, raticado por el Ejecutivo en el instrumento de adhesión de fecha 29 de diciembre de 1987. UN ARBENZ PARA REMEMORAR No. 32 EXTRAORDINARIO Guatemala, 20 de octubre de 2011 El Presidente Jacobo Arbenz y empresarios guatemaltecos. Circa 1951  2 No. 32 /Extraordinario /Octubre 2011 C ONSEJO   ACADÉMICO   DE   FLACSO - GUATEMALA Virgilio Álvarez Aragón- director/Oscar López / Marcel Arévalo/Claudia Donis / Virgilio ReyesSimona V. Yagenova / Luis Raúl Salvadó / Aimée Rodríguez / Edmundo Urrutia S ECRETARIO   GENERAL   DE   FLACSO Francisco Rojas AravenaSan José, Costa Rica G REGORIO  S ELSER    Y   SUS   ENTREVISTAS   CON  J ACOBO  A RBENZ Edición y comentarios de Roberto García Ferreira 1   P  RESENTACIÓN  E special trascendencia tiene el texto que hoy presentamos al lector guatemalteco: se trata de las anotaciones confeccionadas por el periodista argentino Gre-gorio Selser (1922-1991) 2  “sema-nas después” de entrevistar al ex presidente Jacobo Arbenz, por ese entonces viviendo como re-fugiado político en Montevideo. 3  Lamentablemente, las cintas donde se conservaron las con-versaciones que mantuvieron durante aquellos tres días de oc-tubre de 1957 no han sobrevivi-do. Empero, y si bien no se trata de la transcripción de la totalidad de lo conversado –y el mismo autor le incorporó varios comen-tarios posteriores que datan del año 1962–, el texto constituye un documento histórico signicativo por varias razones.En primer lugar porque se re- ere al enigmático y silencioso Coronel Arbenz, que continúa siendo una gura esquiva para los historiadores. Habitualmente tímido y retraído, el vacío histo- riográco sobre su persona no sólo se explica por su carácter personal: también inuyeron de -cisivamente las incomprensiones a que dio lugar su dimisión el 27 de junio de 1954 y las vicisitudes traumáticas del forzado exilio po -lítico.conocer dicho texto en una re-vista argentina en su momento inuyente pero de nula difusión y conocimiento en Centroamérica. 6  En ese sentido y como cuarta razón, debe destacarse que en este caso, Arbenz parecía ha-berse decidido a publicitar sus  juicios en torno al nal de la Re -volución guatemalteca, pese a que continuaban siendo induda-bles los constreñimientos, aún en Uruguay. No se trataba de algo menor: implicaba conocer, morias”. 9  Eran motivos de peso y por esa razón, Gregorio Selser, el entonces joven estudiante José Nun y Manuel Galich acudieron a la casa que en Montevideo al-quilaban Arbenz y María. Al inicio de su texto, Selser anotó que se habían tomado toda una serie de “recaudos previos”. Aunque no lo explicitó, se procuraba, funda-mentalmente, sortear la vigilan-cia policial a que el guatemalte-co estaba sometido por parte del Servicio de Inteligencia y Enlace de la Policía de Montevideo. La idea srcinal era que el re-sultado de lo conversado y gra-bado, con todas las previsiones del caso, sirviera para publicar un libro con las opiniones del ex mandatario sobre los temas más urticantes de la primavera democrática. Luego de trabajar tres días, Selser retornó a Bue-nos Aires, permaneciendo Nun dos días más junto al matrimonio centroamericano. Se creyó opor-tuno que las cintas quedaran en Montevideo para que Arbenz se las hiciera llegar a Galich a través de un “correo secreto”. Es proba-ble que Oscar Carrillo, estudiante peruano que residía en Buenos  Aires desde 1951, haya sido el encargado de transportar el ma-terial luego de una visita que rea-lizó a la casa de Arbenz en enero de 1958. 10  Sin embargo, las “cintas” que-daron en el olvido y con ellas, la posibilidad de conocer en pro-fundidad qué pensaba Arbenz. 1 Historiador uruguayo. Departamento de Historia Americana de la Facultad de Hu-manidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República e integrante del Sistema Nacional de Investigadores. 2 Para datos biográcos sobre Selser véase Stephan Austin Asma, “Semblanza de Grego-rio Selser” en  Equilibrio Económico , revista de la Facultad de Economía de la Universi-dad Autónoma de Coahuila, Saltillo, Coah., Volumen 3, Nº 13, abril 2002, págs. 230-252. Reproducido en http://selser.uacm.edu.mx/clientSearchSelser/3 “Entrevistas con Jacobo Arbenz”, Fondo C, Archivo Gregorio y Marta Selser, CAME-  NA, UACM, México. El documento digitali -zado puede rastrearse en el sitio web del cita-do acervo documental, disponible en: http://selser.uacm.edu.mx/clientSearchSelser/ Por un estudio relativo al archivo y su contenido véase Ana Laura Ramos, “El Archivo Gre -gorio y Marta Selser. Una invitación a inves- tigar la historia de América Latina del siglo XX” en Andamios, Vol. 3, No. 5, diciembre de 2006, págs. 283-303.4 María Vilanova de Arbenz,  Mi esposo, el presidente Arbenz   (Guatemala: USAC, 2000).5 Piero Gleijeses,  La esperanza rota. La revolución guatemalteca y los Estados Uni-dos, 1944-1954  (Guatemala: USAC, 2005 [1991]).6 “Un Arbenz para memorar”,  Primera  Plana  (Buenos Aires), 2 de febrero de 1971,  págs. 53-55, por Gregorio Selser.7 Otros ex funcionarios revolucionarios ya habían emprendido la publicación de libros de denuncia, abarcando desde diferentes óp-ticas lo sucedido.8 Raúl Roa, “Tiene la palabra J. Arbenz”,  Bohemia  (La Habana), 14 de noviembre de 1954; Jacobo Arbenz, “Jacobo Arbenz relata detalles de la causa de su caída del Gobierno de Guatemala”,  La Nación  (Costa Rica), 25 de octubre de 1955, págs. 9, 14.9 “En exilio dorado en Praga Arbenz escribe sus memorias y se asegura buena entrada por ellas”,  El Imparcial  , 2 de febrero de 1956.10 Acerca del seguimiento policial y la “dis- creta vigilancia” que se le dispuso véase “Se informa sobre la presencia de un peruano, que vino de Buenos Aires y entrevistará a JACOBO ARBENZ”, Memorándum del 15 de enero de 1958 y Memorándum sin fecha [probablemente pertenezca al día 15 de enero de 1958], en Archivo de la Dirección Nacio-nal de Información e Inteligencia (ADNII), Carpeta 280, “Jacobo Arbenz Guzmán”.  María Vilanova y Jacobo Arbenz Guzmán. S/f s/a  A este respecto y como segun-da observación, es de destacar que las “entrevistas” no fueron recordadas por su viuda en el li-bro que contiene sus memorias 4 así como tampoco Piero Gleije-ses hizo referencia a las mismas en el más importante y profundo trabajo historiográco relativo a  Arbenz y la revolución guatemal-teca. 5  En tercer término, las “entrevis-tas con Arbenz” permanecieron inéditas hasta su muerte, hecho que motivó a que Selser diera a desde la voz de su principal pro-tagonista, cómo Estados Unidos había promovido su salida del gobierno. 7  A más de tres años del derrocamiento, tan sólo algunas breves entrevistas concedidas a medios de prensa le habían per-mitido explicitar sus denuncias. 8  Desde su estadía en Praga, en 1956, circulaba el rumor de que podía estar escribiendo sus “me-  3 No. 32 /Extraordinario /Octubre 2011 Galich, intermediario entre el guatemalteco y los periodistas argentinos, no las entregó a és-tos. Según él, Arbenz se había arrepentido debido a que “la ab-soluta franqueza de sus declara-ciones podía complicarle la vida”. En realidad, como recuerda Nun, Galich era el “problema” y no decía la verdad: “tenía conside-rables ambiciones políticas” y  Arbenz, sin mayores tapujos, “se había despachado…contra el ti-bio reformismo de los arevalistas y había criticado a muchos per-sonajes que seguramente Galich no deseaba intimidar”. 11  Pese a ello, y como el propio Selser escribe, el texto que se publica a continuación posee la indudable virtud de permitir acer-carnos –aunque indirectamen- te– a una esquiva gura histórica que, “posesionado de su papel de Presidente” revive “su drama y el de su pueblo traicionado”. E NTREVISTAS   CON  A RBENZ Por Gregorio Selser  O CTUBRE  1957 12   S e había tomado toda clase de recaudos previos. Hubo un intercambio de correspondencia a través de manos seguras, entre el ex Embajador en la Argentina, don Manuel Galich y el propio co-ronel Jacobo Arbenz, temporaria-mente exilado en el Uruguay. La idea había sido del entonces es-tudiante José Nun, quien entre-vió la posibilidad de publicar un libro que explicara, por boca de su principal protagonista, por qué había caído casi sin lucha, a mi-tad de 1954, el sucesor de Juan José Arévalo.[…] Arbenz parecía reacio a la en-trevista; eso se deducía de sus reticencias para acordarla. Por otra parte, estaba limitado por condicionantes tales como las normas impuestas por el Gobier-no uruguayo a su asilo, que le obligaban a no inmiscuirse en la política interna ni a formular de-claraciones que pudieran alterar las relaciones entre Uruguay y Guatemala.Finalmente, aceptó, con la ga-rantía de Galich y el compromiso de honor de Nun y el mío, que no sería publicado texto alguno que no llevase su previa autorización. Debíamos conversar con él en su domicilio de Carrasco, durante un máximo de tres días, con gra -bador a la vista. Las cintas graba-das debían después ser pasadas en limpio en Buenos Aires, y una de las copias mecanograadas debía ser conformada por él, con pleno derecho a suprimir total o parcialmente los trozos que, aun- que fueran el reproducción de lo conversado, él considerase in-convenientes, por razones políti-cas, privadas o lo que fuere.Galich, Nun y yo nos trasla-damos a Carrasco, grabador en ristre y una razonable provisión de cintas. Comenzamos por la mañana, un día de primavera de 1957. Nos había recibido la espo-sa de Arbenz, acompañada de un vástago, varón, en edad escolar, que nos pareció en todo momento sumamente nervioso y excitado. Ella misma, en cambio, aparen-taba serenidad y gran dominio de sí, pero por instantes se descu-bría que hacía esfuerzos para no dejarse dominar por los nervios. Esa misma contenida calma era la característica de Arbenz. O así me pareció durante los tres días siguientes. Pensamos que, de algún modo, pesaba sobre toda la familia el recuerdo de las vici-situdes vividas a partir de mayo de 1954, cuando la denuncia de la CIA y del Departamento de Es-tado acerca del arribo a Puerto Barrios del barco sueco Alfhem indicó al mundo que se estaba en vísperas de una denición en el caso Guatemala. Arbenz tenía un físico de de-portista que no dejaba de cultivar en Carrasco. Le vimos llegar, en efecto, raqueta en mano y colora-do de agitación y de sol. Tenía un G REGORIO  S ELSER * Selser fue un militante socialista autónomo, íntegro, escritor, pensa-dor y publicista crítico, criado en un orfanato en la zona austral de América Latina. A los doce años de edad dejó la escuela para laborar y leer y leer –"sentía que la escuela me quitaba tiempo para leer"–, ar  -maba. “Hacia el nal de su vida, ante pre-gunta expresa del  periodista Mauricio Ciechanower, Sel-ser resumió así las líneas rectoras que lo habían guiado a través de toda su vida: ‘...me conside- ro un pacista ele -mental, un hombre de ideas, un hombre  pacíco, no violen -to. He tratado de ajustar mi vida, mi militancia, mi obra, mis libros, a esa es-  pecie de pauta que imaginé a los 18 años. Todo lo que escribí, todo lo que limité ha estado inscrito en ese marco de 'quiero que haya un mun- do mejor del que encontré'(...) (…) Selser se hizo latinoamerica-nólogo y analista social y político de primer orden. A esto se dedica-ría Selser extra laboralmente, con  pasión y por vocación. El medio que utilizó fue la palabra, siempre sustentada en una reconstrucción histórica minuciosa y precisa, ri-gurosamente documentada, que,  por su propio peso, se tornaba en una acusación fulminante contra la mentira y el poder pasados y del momento.Selser rastreó desde muy tempra-no las primeras pistas de la nueva  policía secreta imperial de la  pax  americana: la Central Intelligence  Agency  (CIA), entonces virtual-mente desconocida. En Irán, Es-tados Unidos buscaba revertir la nacionalización petrolera de Mo-hammed Mossadegh; y en Gua-temala, hacer abortar el gobierno constitucional de Jacobo Arbenz, donde sus reformas habían coar-tado el poder y afectado el saqueo de años realizada por la United  Fruit Company . Ambas operacio- nes fueron rotundos éxitos de la CIA para el horror por décadas de las respectivas poblaciones: Mos-sadegh y Arbenz fueron depuestos y remplazados respectivamente por Mohammed Reza Pahlevi (1953) y Carlos Castillo Armas (1954). Con esos dos golpes, la CIA adquirió notoriedad mundial e hizo que Sel-ser tomara la decisión de escribir libros”. (Entre otros), Selser escri- bió Sandino, general de hombres libres  y, sobre Guatemala,  El  guatemalazo . Dirigió la colec-ción "Historia viva" de  Editorial Pales-tra  (1958-1966), fue director de la  Biblioteca de Améri-ca  y de la colección "Libros del tiempo nuevo" –ambas de la Editorial Universita-ria de Buenos Aires (EUDEBA) (1962-1966)–, y profesor interino de periodis-mo en la Universidad Nacional de La Plata (1971-1974). Siempre estuvo en la lista negra internacional de los distintos servi-cios de inteligencia y de las fuerzas castrenses de ‘seguridad nacional’ de la región, que habían tomado por asalto el Cono Sur (comenzando por Brasil en 1964), por interés propio y  para el imperio estadounidense del que formaban parte en calidad de cipayos históricos. Después del golpe de Estado en Argentina y su consecuente ‘guerra sucia’, Selser tuvo que marchar al exilio, haciendo una escala de cua-tro meses en Panamá, donde redac-tó el primer borrador de su libro so-  bre Benjamín Seledón. La segunda escala, la denitiva, sería la Ciudad de México; allí vivió desde el 10 de noviembre de 1976 hasta su muerte en agosto de 1991.Selser laboró como redactor-edi-torialista internacional en el diario  paragubernamental  El Día . Escribió  para  Prensa Latina  de Cuba, fue co-laborador para medios internacio-nales, y publicó en  La Jornada  y  El  Financiero  de México.Desde nales de los años setenta, Selser fue incorporado al  Proyecto  Lázaro Cárdenas de estudios es-tratégicos  a petición de su director, John Saxe-Fernández, y a partir de abril de 1982, fue profesor de pos-grado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universi- dad Nacional Autónoma de México (UNAM), adscrito al Centro de Es- tudios Latinoamericanos (CELA). * Extractos del texto escrito por Stephan Austin Hasam en 2001 y publicado como “Semblanza de Gregorio Selser” en  Equili-brio Económico , revista de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Coahuila, Saltillo, Coah., Volumen 3, Nº 13, abril 2002, pp. 230- 252. 11 José Nun en respuesta al cuestionario en -viado por el autor, 18 de julio de 2011, pág. 2.12 En letra manuscrita.  4 No. 32 /Extraordinario /Octubre 2011 PROFESORES E INVESTIGADORES EMÉRITOSFLACSO-GUATEMALADr. Gabriel Aguilera - Lic. Edgar Balsells Conde - Dr. Santiago Bastos - Dr. Víctor Gálvez Borrell - Dr. Alfredo Guerra Borges - Lic. Mario Aníbal González - Dr. Jorge Solares aspecto de vigor y plenitud físi-ca; pero a poco que se entraba a conversar revelaba el mismo con- tenido afán de aparecer sereno que caracterizaba a su esposa. Sus nos labios se apretaban, el rostro anguloso se ponía tenso, las venas del cuello se destaca- ban más aún, si cabe, debido a su corte de pelo, a lo militar. Con un uniforme, cualquiera diría que pertenecía al Ejército alemán. Pero en la conversación era un militar fuera de serie. Tenía una cultura general no común en los hombres de armas, y menos a la temprana edad de 44 años. Es-taba al día con todo lo que pasa-ba en el mundo, comentaba los libros de más reciente aparición como cualquier estudiante de la Facultad y sólo revelaba su edu-cación castrense en ciertos tics y prejuicios mentales. Cuando no se sentía seguro apelaba con una mirada relámpago a su espo -sa o, si el tema lo permitía, con un ‘¿no es cierto, Manuel?’, a su amigo Galich.El militar entero brotó en él, in- contenible como un huracán, al segundo día de la serie de tres convenida. Hasta entonces las preguntas y respuestas, aunque plenas de interés, se habían de-sarrollado de un modo intimista, como con una objetiva ajenidad. Habló con moderación, y hasta respeto, de su antecesor, Arévalo, aunque se sabía corrientemente cuánta distancia lo separaba de él. Rememoró los episodios que condujeron al 20 de octubre de 1944, cuando se constituyó el triunvirato cívico-militar integrado por él, Jorge Toriello y el entonces mayor Javier Arana, en medio de una apoteosis popular como nun-ca antes se había registrado en Guatemala. Después, el tema de su camarada Arana se le hizo doloroso. Se defendió, sin que ninguna pregunta nuestra lo obli-gara a ello, de la acusación casti-lloarmista , según la cual él, como  jefe del Ejército guatemalteco, había prohijado el asesinato de  Arana, ocurrido en circunstancias misteriosas. Dijo que aunque am-bos aspiraban a la Presidencia y eran adversarios ideológicos, por cuanto Arana ‘era del bando de los Estados Unidos’, su sentido del honor militar y sus propias convicciones y sentimientos ex-plicaban sus estallidos de cólera cada vez que se insinuaba que él había consentido el crimen. ‘Sólo los mal nacidos pueden insinuar-lo’, se quejó.El tema de Arana fue lo prime-ro que lo alteró visiblemente. Su rostro se crispó y hasta entonces su relato neutro se enfervorizó. Su esposa, María, se apresuró: ‘Bueno, Jacobo, bueno, cálma - te, estás entre amigos’, le dijo, al tiempo que le palmeaba el hom-bro. Después, con una mirada, nos pidió un respiro. Salimos a la galería los tres visitantes con el pretexto de estirar las piernas. Habíamos estado varias horas sentados y casi no reparamos en que anochecía. Hubo una breve consulta con María Vilanova de  Arbenz, la salvadoreña de quien se decía, en Guatemala, que era la ‘comunista’ del matrimo-nio. No había exageración en la fama de su belleza. Nos explicó que después de julio de 1954 su esposo era muy proclive a las explosiones temperamentales y que, aunque siempre había sido ‘algo nervioso’, desde entonces lo era mucho más. ‘Hago todo lo posible para que la gente no se lo recuerde, pero, ya ven, él mismo lo trajo a colación’, arguyó.Lo de Arana, sin embargo, no fue casi nada al lado de lo que ocurrió cuando, después de co- mer, dos o tres horas más tar  -de, se reanudó la entrevista. Era casi medianoche y los temas se habían ido tocando casi crono-lógicamente: el traspaso de la Presidencia en 1952, 13  la reforma agraria, la conscación de tierras a la United Fruit   para destinarlas a quienes las trabajaran, el recru-decimiento de la ofensiva mul-tifacética de la CIA y del Depar-tamento de Estado (una a cargo de Allen Dulles y otro a cargo de John Foster Dulles), la Conferen-cia Interamericana de Caracas y el enfrentamiento abierto del canciller Guillermo Toriello con su colega Dulles (algo totalmente desconocido desde que en 1928, en La Habana, hicieron lo propio el salvadoreño Guerrero y el ar-gentino Pueyrredón ante Char-les E. Hughes), la invasión de los mercenarios de la CIA desde Honduras y, nalmente, el día de la caída de Guatemala, el de su propia caída.Fue como si de pronto nos hu- biésemos transportado mágica -mente a Ciudad de Guatemala y retrotraído a los días postreros de junio de 1954. El milagro lo operó el mismo Arbenz, posesio-nado de su papel de Presidente y reviviendo su drama y el de su pueblo traicionado.Les digo que mi   Ejército me  es el. No se metan con él. No les daré armas. No hay tal traición. Les digo que no, no y no. Y haré fusilar al que desobedezca mis órdenes’, gritaba fuera de sí, re-memorando el episodio en que los principales dirigentes obreros, deseosos de apuntalar su Go-bierno, habían acudido al Palacio Nacional en procura de fusiles. Seguía sentado, pero tenía los ojos desencajados, los dedos de las dos manos crispados sobre los brazos del sillón, el torso atlé-tico hacia adelante como presto para el salto de ataque.‘Ya he pescado al traidor: era 13 Debe leerse, 1951.  5 No. 32 /Extraordinario /Octubre 2011 el telegrasta de Palacio; mis ór  -denes las transmitía al enemigo. Ya ordené su fusilamiento. Ya están vencidos. El Ejército los destrozará. Está unido al Gobier  - no. Está junto al pueblo. ¿Quién de ustedes mi dirá a la cara que mi   Ejército me  traiciona, que mis   ociales responden a Peurifoy. ¿Quién será el atrevido?’. El embajador yanqui, John Peurifoy, un ex ascensorista conchabado por la CIA y que ya había mostrado sus agallas de matachín en Grecia, había anun- ciado públicamente que la esta nacional de los Estados Unidos, el 4 de julio, la festejaría en el local de la Embajada en Ciudad de Guatemala ‘sin el comunista  Arbenz en el poder’. Ya se había mostrado ante sus amigos con pistolas al cinto.[…] Arbenz parecía no conocer, quizá realmente no conoció has -ta que todo estuvo perdido, la magnitud de la traición. Pero los obreros y los estudiantes, en la capital y en las ciudades del inte-rior, sí la conocían. Muchos dele-gados sindicales habían viajado expresamente hasta el supuesto frente de lucha  y regresaban con evidencias de la colusión entre los coroneles Monzón y Castillo Armas, a es-paldas de Arbenz y del Comandante en Jefe del Ejército, coronel Carlos Enrique Díaz. Un médico argentino, de apellido Guevara, que había arribado como turista a Guate-mala y sin saber cómo estaba envuelto en la agitación popular, co-rría como loco de un lado a otro contagiado del fervor de los resis-tentes. Se sabe que no estuvo entre los que entrevistaron a Arbenz para pedirle armas; pero también se sabe que, gracias a la lec-ción de los sucesos de nes de aquel luctuoso junio, ese desconocido viajero, poco des-pués exilado en México, sumi-nistraría las experiencias vividas esos días en Guatemala y las conclusiones que ellas proporcio-naban a un refugiado cubano de apellido Castro. Años más tarde, ambos, Ernesto Guevara y Fidel Castro, por sobre la triste derro-ta de Arbenz, harían imposible la reedición del ‘guatemalazo’ en Bahía de Cochinos, abril de 1961. Esa noche de primavera, en Carrasco, para nada se pronun-ció el nombre de Guevara. Los tres visitantes ignorábamos que hubiese estado jamás en Gua -temala y, por otra parte, él no era lo famoso que llegaría a ser después como para que nos ocu- pásemos de él. Y Arbenz, por su -puesto, tampoco lo conocía. El ex Presidente de Guatemala seguía como en trance, a pesar de las palmadas –poco después eran francamente sacudones– que aplicaba sobre sus hombros Ma-ría. Según la reconstrucción que hice semanas más tarde como aide-memoire , Arbenz parecía no escuchar ni sentir otra cosa que sus propias voces interiores, re-pitiendo su desesperación y su angustia. Tuvo aún algunas ex- 14 Tachado en el srcinal. presiones más: ‘Díaz es mi ami -go personal. Es un militar íntegro. Hicimos la carrera juntos. Miente quien diga que es un traidor. Re -tírense antes que los haga echar por la Guardia. Mi   Ejército es leal’. Después, simplemente op-tamos por retirarnos. 14  Volvimos al día siguiente, y por un acuerdo tácito se habló del futuro de Guatemala más que del pasado. Las cintas seguían grabando pero para entonces lo hacían por obligación. En retros-pectiva y releyendo mis apuntes, me atrevo a postular que la ma- yor parte de cuánto dijo y reveló  Arbenz esos tres días sólo cobró importancia cuatro años más tar  -de, no tanto porque él lo dijera  –puesto que la entrevista jamás se publicó, por decisión exclusi-va del entrevistado–, sino porque la experiencia guatemalteca hizo imposible su repetición en Cuba. El mismo jefe de la CIA, que in-tentó calcar contra Castro las exitosas operaciones contra Mo-hamed Mossadegh y Jacobo Ar-benz, fracasó porque una de las
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